viernes, 8 de mayo de 2026

Cortaron sus alas

 

Tan solo quería ser niña 

y la infancia le arrebataron,

de obligaciones la llenaron

y siempre había alguna riña.


Pronto su sonrisa borraron

 la tristeza era su amiga,

porque a ser mayor la enseñaron.


De los abrazos la privaron

y de besos era mendiga.

Ya pronto su mundo cambiaron

¿dónde está la infancia perdida?

no sé quiénes se la robaron.


Quien a un niño roba la infancia,

inocentes sus alas habrán cortaron.


Vivian Esteban 






jueves, 7 de mayo de 2026

Brujas

 

A la mujer inteligente,

en aquel tiempo la tachaban 

o bien por ser independiente 

o porque no la controlaban,

arrojándola al fuego ardiente 

porque a ella bruja la llamaban.


Creaba envidia sorprendentemente 

porque a ella no la igualaban,

alguna heroína y valiente,

otras camufladas estudian.


Pues la mujer siempre fue fuerte 

y el sexo débil la llamaban,

y aunque sea algo sorprendente 

no cambian quienes la juzgaban,

pues aún están muy presente 

desigualdad que utilizaban 

tachandolas de diferente,

a las que en la hoguera quemaban,

no saben que se han hecho más fuerte,

porque ya muy alto volaban.


Vivian Esteban 



martes, 5 de mayo de 2026

Rafael de León

 


ROMANCE DE AQUEL HIJO QUE NO TUVE CONTIGO


En tu cómoda de cedro

nuestro ajuar se quedó frío,

entre azucena y manzana,

entre romero y membrillo.

¡Qué pálidos los encajes,

qué sin gracia los vestidos,

qué sin olor los pañuelos

y qué sin sangre el cariño!

Tu velo blanco de novia,

por tu olvido y por mi olvido,

fue un camino de Santiago,

doloroso y amarillo.

Tú te has casado con otro,

yo con otra hice lo mismo;

juramentos y palabras

están secos y marchitos

en un antiguo almanaque

sin sábados ni domingos.

Ahora bajas al paseo,

rodeada de tus hijos,

dando el brazo a... la levita

que se pone tu marido.

Te llaman doña Manuela,

llevas guantes y abanico,

y tres papadas te cortan

en la garganta el suspiro.

Nos saludamos de lejos,

como dos desconocidos;

tu marido sube y baja

la chistera; yo me inclino,

y tú sonríes sin gana,

de un modo triste y ridículo.

Pero yo no me doy cuenta

de que hemos envejecido,

porque te sigo queriendo

igual o más que al principio.

Y te veo como entonces,

con tu cintura de lirio,

un jazmín entre los dientes,

de color como el del trigo

y aquella voz que decía:

«¡Cuando tengamos un hijo!...»

Y en esas tardes de lluvia,

cuando mueves los bolillos,

y yo paso por tu calle

con mi pena y con mi libro

dices, temblando, entre dientes,

arropada en los visillos:

«¡Ay, si yo con ese hombre

hubiera tenido un hijo!...»